AGENDA LITERARIA PARA EL VIERNES 21





Es cada vez más recurrente encontrar en el panorama filosófico actual la noción de «pensamiento narrativo», noción bastante equívoca, y a menudo empleada para entrelazar o superponer significados distintos que tienen origen en, al menos, tres distintas tradiciones críticas. Una cosa es, en efecto, el pensamiento que toma como tema una u otra narración, mito o novela que sea, y hace de ella materia de estudio –en este caso se debería hablar más propiamente de interpretación filosófica de la literatura. Otra cosa es, de lo contrario, afirmar el carácter intrínsecamente interpretativo o hermenéutico del pensamiento, por lo cual la forma del pensamiento coincidiría con la forma del relato– y ahí se trata propiamente de una hipótesis de disolución de la argumentación en la narración. Hay también el caso en el que el pensamiento se hace cargo del mito y llega hasta declarar su propia esencia mítica, pero para liberar el logos aún prisionero de un ignaro residuo mitológico – y estamos entonces frente a lo que se podría definir una dialéctica de la desmitificación.
A este propósito es suficiente nombrar a los protagonistas del debate. Fue Stanley Cavel que reivindicó el carácter imprescindible de la literatura para la filosofía. No importa cuál literatura, sea la grande o la pequeña, la alta o la baja. Lo que está en cuestión es el hecho de que el pensamiento no es sólo demostración o argumentación, porque primeramente es escucha confiada de la palabra ajena; ni tampoco el pensamiento es anónimo, neutro, porque a decidir sobre él es la entonación, la voz, la marca individual, lo que sólo los más diversos géneros literarios están en condición de custodiar y de traducir. En la literatura el pensamiento descubre algo que no puede privarse. Por eso debe dirigirse a ella. Necesariamente.
Paul Ricoeur, a su vez, sostuvo que el humano no es pensable sino a partir del reconocimiento de la estructura temporal de la existencia. El humano no puede ser deducido, sino debe ser contado (así como lo hace, por ejemplo, el psicoanálisis). A medida que se sustrae a la casualidad y que se compone en una trama de memoria y de espera, el acaecer se hace evento. Y solo corriendo a lo largo de un eje que va del pasado al futuro, y viceversa, los acontecimientos desvelan un sentido posible. Así como la existencia sale de la opacidad únicamente al interior de una narración, una historia. En fin, el relato, esa perfecta figura del tiempo, tiene un valor ejemplar y paradigmático para la filosofía.
Fue Adorno quien planteó el trabajo filosófico sobre el mito en clave dialéctica, identificando el proyecto filosófico de la Ilustración con el cumplimiento de la desmitificación. Pero desmitificación cumplida quiere decir reificación y deshumanización. Lo que Adorno llama la nueva barbarie. Y que corresponde a la fórmula: el mundo es así como es y no puede ser de otra manera. Por eso la liberación del mito recae en el mito, donde nunca hay nada nuevo: la dialéctica está bloqueada, la cultura vuelve a ser naturaleza, aunque segunda naturaleza. Volver a poner en marcha la dialéctica es, según Adorno, la tarea de la literatura. En su calidad de mito que sabe de serlo, la literatura acompaña la Ilustración en su empresa desmitificadora, pero más que producir una nueva mitología (como lo querían los románticos), representa su negación más radical. El alma de la dialéctica negativa es entonces la literatura, y no es la filosofía.
Las tesis expuestas arriba trazan, desde puntos de vista muy distintos, las líneas de un pensamiento que mira a la «narratividad» como a una verdadera categoría filosófica. Pero también son de grande relieve los trazados y los recorridos detectables al interior de un mapa que no es arbitrario adscribir al «pensamiento narrativo». Por ejemplo en el ámbito analítico ha habido quien, como Richard Rorty, ha propuesto de separar la filosofía de la metafísica de la verdad para remodelarla sobre una base dialógica en forma de conversación abierta e inagotable. De lo contrario, en el ámbito hermenéutico ha habido quien, como Vattimo, no ha retrocedido frente a la idea nietzscheana del mundo que se ha hecho fábula. Mientras bajo el Arbeit am Mythos se ha asistido a una tentativa entre las más interesantes de repensar el desencanto y el reencantamiento.
Sin embargo, no queremos en este seminario volver a hacer la génesis de un concepto, ni tampoco reconstruir la historia de una vicisitud filosófica todavía en curso. La intención es más la de intentar una recognición de lo que el «pensamiento narrativo» de repente no es todavía, pero podría devenir.

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