ACTO DE CONTRICIÓN


La señora de edad avanzada, que se ha sentado a mi costado, me mira como bicho raro. Estamos en el templo, pero siento como si estuviera en un tribunal.

Había llegado puntualmente a misa de doce, pero mi novia se me había adelantado unos minutos. Al rato, veíamos cómo una figura difusa se acercaba a nuestra fila y aprovechaba el asiento vacío ubicado a mi izquierda. Era la anciana a la que me refería. Detrás de ella, como vigilándola, caminaba su hija.

- Siéntate acá, mamá. Quédate ahí, tranquila.



La madre, impasible, no le contestó.



Intrigado por no escuchar alguna intervención suya, cometí el error de mirarla de reojo y tal parece que la mujer se sintió observada, juzgada. Tenía una postura demasiado rígida en los miembros inferiores y en el tronco. Sus brazos formaban casi un arco en reposo mientras que su cabeza ejecutaba, a ratos, movimientos violentos e inesperados.



Volteó a mirarme. Yo la saludé con un ligero movimiento de cabeza y forcé una sonrisa con la que intenté disculpar mi inocente intromisión.



No me disculpó. Ni mucho menos me devolvió el gesto. Solo atinó a recorrer sus ojillos negros de abajo hacia arriba, como se mira a un ex convicto que pide dinero en un autobús.



Me sentí mal. Cayó bien ese sentimiento pues se acercaba el acto de contrición: “Señor, me arrepiento de todo corazón de haberme sentado en esta banca”, pensé. Cogí entonces la delicada mano de mi novia mientras olía su suave perfume. La situación me llevó a sentirme mejor, pero esta vez con recatados pensamientos.



Se acercaba la primera lectura y ya estábamos sentados, atentos, prestos a escuchar algo importante… todos los ojos puestos en el padre, todos… menos los de la devota señora que estaba a mi siniestra.



Mi sexto sentido me hizo girar para ver qué sucedía…



La anciana, cuyo nombre por fortuna desconozco hasta ahora, clavó sus inquisidores ojos sobre los míos, como acusándome por haber osado tocar parte del cuerpo de una mujer en plena misa. Volví a sonreírle (ya esta vez con algo de sacrificio cristiano pues tampoco era muy agraciada).



Durante la homilía y el credo, los músculos de mi cuello realizaron un trabajo heroico por sostener la cabeza hacia la derecha. A los 20 minutos, parecía un loco llevando un collarín imaginario.



No me importaba, la vieja había dejado temporalmente de acosarme con sus faroles grandes y desorbitados.



Llegó entonces el momento de la paz. Supuse una venganza infantil en la cual mi novia haría de cómplice. Solo para provocar a la conservadora octogenaria, estampé un largo beso a mi amada y luego incliné el cuerpo hacia la izquierda.



La encontré de espaldas y eso confirmó mis sospechas: “es una señora chapada a la antigua”, concluí. En ese instante, a mi diestra, advertía la disposición de mi prometida para recibir una caricia…



Le toqué con ternura una de sus mejillas. No había nada de malo en eso.



De pronto, sentí un peso de catacumba en el ambiente. Cometí el desatino de girar, a sabiendas de lo que podría ocurrir.



Y ocurrió...



Como ustedes, ya me estaba aburriendo de esta historia (y de la vieja). Entonces, tomé la decisión de salir de la banca. Mi noble acompañante, siempre comprensiva, aceptó.



Ya parados, le expliqué a medias el motivo. Le dije que temía una reacción desagradable por parte de la parroquiana (“no vaya a ser que te mire mal y te diga algo desatinado en la puerta de la iglesia, amor”).



Al término de la misa, prometí al Señor ser más tolerante con las miradas ajenas y, de paso, más cauteloso con mis actos durante la celebración eucarística.



No le podía prometer más, no fuera que por ahí se apareciese otra vez la susodicha. Bueno, quizás mi novia podría encargarse de ella.



Aunque, pensándolo bien, mejor no.


                                                                                      Daniel Yupanqui Aznarán







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