DESALOJO


No alcanzaban a ser cuatro gatos, sino solamente tres. Faltaba la novia de Fabio. Como entusiastas poetas, no querían perder tiempo y decidieron reunirse en un chifa de la Av. Venezuela a las cuatro y treinta de la tarde. Percy y Luciana habían dado un paseo por la UNMSM antes de encontrarse con Fabio, así que llegaron al punto de encuentro con la misma sensación de sed.

El restaurante de comida china estaba vacío, pero no era por culpa de ninguno de los tres… Al fondo, al lado de la cocina, un perro bostezaba de hambre.

La dueña se les acercó y, sin saludarlos, les preguntó en un rápido español qué querían comer. Ellos le devolvieron la gracia de omitir un “buenas tardes” y le dijeron, en cambio, que no querían comer sino solo tomar una gaseosa.

La china los miró de abajo hacia arriba, como si hubiera visto a unos inspectores de salubridad que despreciaban su comida. El perro, cual animal adiestrado, comenzó a mirar mal a los visitantes. Esperaba acaso unas sobras que nunca llegarían.

A los diez minutos, la dueña colocó iracunda los tres vasos y la gaseosa de dos litros sobre la mesa de los sedientos jóvenes intelectuales. La gaseosa venía cargada de odio, pero eso apenas les importaba.
Lo único importante era que en ese momento, a las cinco y treinta, ya no había tanta luz como hacía una hora.

 Entonces se ubicaron al lado de la ventana.

El cambio de mesa indispuso a la señora del chifa. Masculló algo como que ahí siempre se ponían los delincuentes. No le contestaron ni se cambiaron de sitio.

Y eso fue peor.

A los cinco minutos, con una escoba en la mano, la dueña preguntó hasta qué hora se iban a quedar. Percy, poseído por la cafeína, se atrevió a decir: “todavía nos falta”. Fabio reprobó en silencio el temerario comentario de su amigo. En cualquier momento un sable saldría de ese mandil.

La señora les dio la espalda y lanzó hacia la pared un chillante ultimátum:
 - ¡Yavamocelá!
El perro, imaginando lo peor, aprovechó para entrar al baño.

Humillados y ofendidos por el pésimo trato, los únicos clientes de ese antro se pararon y se retiraron.

Ahora entendían por qué ese chifa siempre tenía un máximo de cuatro gatos y por qué el perro bostezaba de hambre.

Este cuento está dedicado a todas las personas que administran y atienden restaurantes. Ya saben: un visitante bien atendido es un futuro cliente que regresa.
                                                                                          …Y si es un escritor, mejor aún.

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